A raíz de la reseña que yo había escrito sobre "Los anticuarios", novela ficcional del escritor Pablo De Santis, tuve la oportunidad de poder contactarme luego con él, con la intención de realizarle una entrevista para la revista digital "1° de Octubre", aprovechando además que el título mencionado venía de cumplir en el 2025 nada menos que 15 años desde su publicación. De Santis, amable y correcto, accedió a la propuesta sin inconvenientes, y pactamos la entrevista -dada la distancia física entre ambos- de forma virtual.
El resultado del intercambio son las líneas que siguen a continuación. La entrevista -vale la aclaración- debe tomarse como una lectura anexa a la reseña ( Los anticuarios ) , para mejor contextualizarla y disfrutarla.
ENTREVISTA
Alberto Di Francisco - Para cuando escribís “Los anticuarios” en 2010, la temática vampírica no era nueva para vos. En 1994, junto al dibujante Max Cachimba, publicaron “Transilvania Express”, un catálogo de vampiros y monstruos. ¿Qué te hizo retomar el tema y qué significó hacerlo para un público adulto?
Pablo De Santis: Siempre fui muy lector de literatura fantástica y entre mis proyectos sigue el de terminar una enciclopedia dedicada al género. Tengo escritas unas trescientas páginas. El de los vampiros es un tema complejo. Por un lado, está tan atravesado de convenciones que se llega fácilmente a la parodia. Pero por otro, tiene un valor psicológico perdurable, porque a veces sentimos que algo o alguien puede quitarnos, no sangre, pero sí energía. A mí me pasa algo que llamo “cansancio social”: cuando tengo una reunión con gente que no es de mi entorno íntimo quedo agotado, llego a casa y me duermo. Volviendo a la literatura de vampiros, siempre me encantó: “Carmilla”, de Le Fanu; “Drácula”, de Bram Stoker; “Salem’s Lot”, de Stephen King; “Vampiros”, de Alexei Tolstoi. Pero también me gusta cómo trata el tema en algún cuento Emilia Pardo Bazán, una escritora extraordinaria, un poco olvidada. De la literatura fantástica de hoy, me encantan la japonesa Yoko Ogawa y la inglesa Susanna Clarke.
A.D. - La novela tiene una característica hermosa, esa idea de relacionar la condición vampírica con un amor —casi devenido en obsesión— por los objetos antiguos, como anclajes a un tiempo que para ellos, como inmortales, se les escurre entre los dedos; y además el lugar preferencial, dentro de esa obsesión, dada a la figura del libro.
P.D.S.: Me preguntaba: “si alguien vive mucho tiempo, ¿cómo se relaciona con el presente? ¿O queda anclado al pasado?”. Estos personajes viven esa desconexión del presente. Y los objetos viejos tienen algo de talismanes. Yo comencé a trabajar en las viejas redacciones de los diarios y las revistas, con máquinas de escribir y diagramación a mano; eran lugares siempre llenos de gente. Ahora entrás a una redacción y no hay nadie. Redacciones desiertas. Uno se da cuenta que su propio pasado pertenece a otra época. A la vez en otros aspectos hay una conexión mayor con el pasado que en otros tiempos. La música que habían escuchado mis padres en su juventud, o las películas que habían visto me resultaban, de joven, algo remoto. Sin embargo, mis hijos escuchan a veces canciones de mi época, y les parecen actuales, y muchas películas viejas, como las de “Indiana Jones” o la saga de “La guerra de las galaxias”, siguen siendo contemporáneas.
A.D. - Otro elemento de “Los anticuarios” es que tus vampiros son personajes con corporeidad, lógicos, resultan creíbles y su condición paranormal no los exime de las problemáticas humanas. Pareciera cobrar peso real y significativo el choque entre el sueño —común de casi todos— de una vida inmortal pero a costas de la maldición que supone la soledad de una vida signada por la incapacidad de amar.
P.D.S.: Hace un tiempo en la red social “X” (ex Twitter) una lectora me señaló que mis historias de amor muchas veces terminaban mal, y me preocupé: “¿Por qué no hago terminar bien a las historias de amor?”. Por suerte encontré algún ejemplo positivo. De todos modos creo que siempre hay algo romántico en lo que escribo. Romántico en el sentido de la exaltación del mundo de las pasiones pero también del gusto por lo sobrenatural del romanticismo, y de la búsqueda de un sentido trascendente, que es otra de las claves de lo romántico. A mi entender, es lo opuesto a la sátira. En general no me gustan las sátiras, pienso que suponen una superioridad moral de quien escribe con respecto a sus personajes, que se convierten en instrumentos para expresar una idea.
A.D. - A 15 años de “Los anticuarios”, y atendiendo la premisa borgeana de que se publica para dejar de corregir, ¿cómo ves esa obra a la distancia?
P.D.S.: No volví a leer “Los anticuarios” desde que se publicó, pero uno cuando repasa sus libros, no recuerda más que los errores. Es un ejercicio neurótico. Recuerdo que mi padre cuando leyó ese libro me señaló un párrafo y me dijo: “Acá aparece un semáforo. No había ningún semáforo en Buenos Aires en los años cincuenta”. Y una profesora de Rosario me señaló con razón otro error: en la novela se describían unos jazmines que habían perdido sus pétalos. “La flor de jazmín se marchita sin desprenderse de sus pétalos”, me aclaró. Así que cuando pienso en “Los anticuarios”, no pienso en vampiros. Pienso en semáforos y jazmines.
"Los anticuarios", que en 2025 cumplió
15 años desde su publicación
A.D. - En tus inicios, junto a tus primeras armas en el periodismo, tuviste un marcado paso por la historieta. Esas dos características son, a mi parecer, parte de tu enfoque literario. Cuando hoy De Santis se sienta a escribir, esa cuestión mágica y lúdica de la juventud, ese gusto por lo detectivesco, ¿hasta qué punto es brújula interna? Dicho de otra manera: ¿es aquel joven el que aún dicta las cosas que el De Santis adulto transcribe?
P.D.S.: El vínculo con la infancia siempre está presente en la escritura, porque empezamos a leer cuando somos chicos y entonces quedamos marcados. Toda la vida nos rodean los cuentos de hadas. No salimos de un mundo de brujas, ogros y castillos. Hay novelas mías que me parecen “adultas”, por ejemplo “La hija del criptógrafo” o la última que escribí, “La cabalgata de las valquirias”, que es una novela policial. Pero hay otras que parecen escritas con la mentalidad de alguien de doce años, por ejemplo “Academia Belladonna”, que transcurre en el Londres de los años treinta, y donde hay una escuela de asesinos, y una especie de mueble-Torre de Babel que encierra la historia de todos los asesinos del mundo.
Alberto Di Francisco
*Dejo el link a la publicación original, en revista "1° de Octubre": Revista digital 1° de Octubre



