viernes, 13 de febrero de 2026

El pez de oro

.Reseña del libro "El orden del tiempo", de Carlo Rovelli (*)

Desde niño el tiempo ha sido para mí una preocupación; preocupación, vale aclarar, entendida como una inquietud más que como un problema. La operación de tímpano a la que me había sometido requería quietud, cuidados, y paciencia, cosas que para un niño de 5 años que quiere jugar y saltar y no dormir nunca la siesta, resultan difíciles de cumplir. Las tardes de ese verano, cuando mis hermanos se iban a la pileta, y yo debía quedarme porque no podía  ni siquiera acercar mi frágil oído al agua, estaban signadas por el tiempo de la espera, tiempo que para mí se estiraba como un tedioso chicle, hasta lo incontable. Para mis hermanos, sin embargo, esos momentos de juegos, de amistad y de diversión en el agua, era tiempo que fluía a la velocidad de los momentos felices. Ambos tiempos eran iguales en duración, pero distintos en sus circunstancias. Eso me inquietaba. 

Puedo también, sin mucho esfuerzo, volver a aquellos años de mi niñez, y a un día en especial -por lo revelador-, y es el recuerdo de mirarme en el viejo espejo del baño de la casa de mi abuela, con la bendición del alto tragaluz sobre mi cabeza, y la ducha, a un costado, con el calefón eléctrico goteando periódicamente, como el segundero de un humilde reloj. Recuerdo ver mi cara, mirarme a los ojos, y preguntarme quién era, qué era, qué hacía ahí. Era el mismo que ayer, pero ya no tenía la venda en mi oído (aunque debía seguir cuidándome). Hasta ese día yo era eterno, no sabía que ya sabía del tiempo. Esto, sin embargo, lo entendí, irónicamente, con el paso del tiempo.

Los años me trajeron más días como esos, llenos de otras revelaciones, como lo es la amistad o el amor, pero aquel guarda el perfume del inicio. 

El autor 

Carlo Rovelli, nacido en Italia (Verona, 1956), es un físico teórico y un escritor, que, además de en su tierra natal, ha trabajado en diversos países, tanto dentro como fuera de Europa. Además de sus investigaciones científicas relacionadas con la física cuántica, donde destaca por ser una de las mentes detrás de la revolucionaria “Teoría de bucles”, Rovelli participa activamente con artículos y notas en varios diarios italianos de interés cultural. Además de su mente inquieta y curiosa, como de su vasta formación profesional, este italiano cuenta con un plus que lo destaca, y es esa capacidad de saber hacer descender las complejas ideas de la ciencia (como las de la física cuántica, justamente) al nivel del humano promedio, dotando al saber científico de una visión humanista, enfoque que lo posiciona como uno de los más importantes divulgadores de la actualidad en la materia. En esa línea es que el veronés, dentro ya de un camino de publicaciones similares, escribe el libro del que aquí hablaremos: “El orden del tiempo”. 

El orden del tiempo, de Carlo Rovelli

Un libro con los pies en el río 

“El orden del tiempo” (2022) es un ensayo donde en sus un poco más de 180 páginas, Rovelli nos lleva de la mano por un recorrido esclarecedor y didáctico acerca de aquello que nos toca de continuo y que comúnmente llamamos tiempo. “Habitamos el tiempo como los peces habitan el agua”, son sus casi preliminares palabras, para adentrarnos en el tema. El escritor divide la obra en tres momentos, o tres partes. La primera de ellas, tiene que ver con un recorrido histórico del tema, partiendo desde esa sensación común a todos, en que el hoy es diferente del ayer; luego, va haciendo pie en nociones básicas y referencias históricas, para ir remontándose de a poco hacia ideas que se complejizan a medida que vamos avanzando. Este primer tramo del camino nos abre a la idea, nos “despabila” con una leve sacudida, a la confirmación de que el tiempo no es lo que pensamos, que su realidad difiere de nuestro concepto o de la intuición que tenemos de él; nos dice que el tiempo no es el mismo para todo, ni el mismo para todos, y ni siquiera el “ahora” es algo compartido. El tiempo del aburrimiento no es el mismo que el de la felicidad; el de una angustia o un desamor, es lento, mientras que pasa raudo cuando amamos y reímos; el tiempo de un día es toda una aventura en la niñez, y sin embargo la misma cantidad de horas sentimos que no alcanza en la vida del adulto. De igual forma, los experimentos científicos ratifican que, por ejemplo, el tiempo en la montaña pasa más rápido que al pie de la misma. ¿Cómo puede ser esto? Se derrumba así, esa concepción automática de que el tiempo es universal, para incorporar la imagen de que los acontecimientos evolucionan dentro de un tiempo que es particular para cada uno. 

Segunda parte

En la segunda parte, el trayecto por el que nos conduce Rovelli empieza a evidenciar sus obstáculos, porque el autor nos empieza a introducir en el espeso boscaje de cómo se entiende el tiempo desde la óptica científica, donde la visión de la física cuántica, con su mirada de lince, nos da la imagen de un tiempo que comienza a perder las propiedades que tomamos por comunes y obvias; aquí nos encontramos ante un tiempo que se desgrana, que da saltos. Ahí sobreviene la segunda sacudida, que dice que el tiempo no es lineal, sino que abarca en su acontecer un espectro más profundo y más amplio. El tercer escalón de este ascender intelectual que nos propone Rovelli, es el que tiene relación con ese plus del que hice referencia en líneas anteriores, y es el que hace que este tipo de publicaciones se diferencie de otros ensayos científicos.

Dicha diferencia tiene relación con el enfoque profundamente humano -y por momentos, poético- con que el autor sabe revestir a las ideas, tan abstractas como complejas, del mundo de la física. El camino es recorrido con maestría pedagógica, echando mano a múltiples referencias culturales y a imágenes simples que sirven de ejemplificación, y sobre los incontestables pasos de la lógica, donde todo nos lleva hasta el punto en que nos encontramos cara a cara con el objeto de nuestra búsqueda, y donde el físico nos pone la mano en la espalda y nos acompaña a asomarnos a través de esa lente para darnos el tercer golpe de efecto: que el tiempo (al menos como lo imaginamos) ha dejado de existir. Ahí nos vuelve esa pregunta que Rovelli deja flotando en la primer página del libro y que, en mi humilde parecer, es basal, ¿el tiempo existe, o somos nosotros los que existimos en el tiempo? 

Imaginemos, allá por el año 500 A.C. a Heráclito que camina por Éfeso (actual Turquía) y, parado en la margen del río, vislumbra en ese caudal de agua que corre, la idea que lo haría famoso: que todo fluye (panta rhei); que es en su constante fluir (devenir) que el río es río; río que es el mismo y es distinto, por cuanto pasa y queda a la vez, y así también el hombre que en él entra. De hecho, el mismo Heráclito que ahora ha llegado a esa conclusión, no es el mismo que el de hace un minuto atrás miraba el agua, pero a la vez sí lo es… ¿Qué ha cambiado entonces? Eso, justamente, el tiempo es el cambio. Dos milenios y medio después, Rovelli, siguiendo el camino del presocrático, se acerca a la misma margen, y no solo pone un pie en el curso del agua, sino que mete en él la mano y nos la ofrece en un trago de esclarecimiento, diciéndonos que aquello que llamamos (y vemos y sentimos) como el paso del tiempo, nace de las relaciones entre los eventos del mundo, como la música que surge del encuentro entre la lira y la mano que la pulsa. En sus propias y bellas palabras:      

“La diferencia entre cosas y eventos es que las cosas permanecen en el tiempo. Los eventos, en cambio, tienen una duración limitada. Un prototipo de “cosa” es una piedra: podemos preguntarnos dónde estará mañana. Mientras que un beso es un “evento”: no tiene sentido preguntarse adónde habrá ido el beso mañana. El mundo está hecho de redes de besos, no de piedras” 

El escenario que el físico nos describe a través de esas más de 180 páginas llenas de saber, llenas de referencias, y de metáforas, nos dice que el tiempo no es común a todos, que no es lineal, y que, en el marco de un sistema tan vasto y complejo y cargado de misterio como el universo, no es siquiera un aspecto fundamental a esa escala. Visto así, el tiempo sería algo que surge de esas interacciones; reemplaza la palabra tiempo por “acontecimientos”; la ilusión del tiempo que transcurre (del pasado al futuro) es resultado de nuestra incapacidad de ver el cuadro completo de la Creación. A esa incapacidad él la llama “desenfoque”.  El orden del tiempo, ese “cambio constante” (panta rhei) que experimentamos, es el orden que damos a los sucesos que vivimos, es la “narrativa” que inventamos para describir aquello en lo que nos movemos y que nos rodea, pero cuya forma final se nos escapa, porque nuestra mirada no barca el Todo; el tiempo es un pez de oro cuyo tornasolado nos fascina, pero que, al intentar capturarlo, se nos escurre, nos es (a hoy) inaprensible. 

Creo fundamental resaltar algo aquí, y es que esta obra, llena de conocimiento, de revelaciones científicas, y de altos vuelos conceptuales, no descansa en la fría intelectualidad, no se aparta de la vía humana. Lejos de ser una obra nacida de la soberbia científica, Rovelli nunca se ata a definiciones inamovibles, no planta definitiva bandera en ningún lugar, porque entiende que la verdadera senda es la del progreso, es la de la evolución de las ideas, y la vida es entonces esa corriente perenne desde donde surge la construcción, la conquista de conciencia. Porque el entendimiento es también un acontecimiento que avanza, que progresa, que evoluciona. La ciencia de hoy plantea que hablamos del acontecer de los eventos, y, lejos de la “ilusión” del tiempo, lo que hay, el río que pasando aún permanece, es la evolución. Por esto la obra del italiano, aún llena de saberes, tiene la humildad de dejarnos formular nuestras propias respuestas. 

Cierre

Recuerdo haber leído una vieja historia zen, donde un monje relata lo siguiente: “Cuando aún no era un iluminado, los valles eran valles, los ríos eran ríos, y las montañas eran montañas; luego, cuando comencé la iluminación, los valles dejaron de ser valles, los ríos dejaron de ser ríos, y las montañas dejaron de ser montañas. Y, cuando finalmente logré la iluminación, los valles volvieron a ser valles, los ríos volvieron a ser ríos y las montañas, montañas”. Al recorrer el camino junto al físico, aquello que creemos saber del tiempo en que estamos inmersos, en que nos movemos y nos rodea, se derrumba, se deforma, adquiere otras miradas, surgen nuevos perfiles, y todo, a priori, parece tender hacia el caos, pero al dar vuelta la última hoja de “El orden del tiempo” sentimos que lo hemos recuperado, pero con un bagaje más amplio, con una mirada más profunda, con una sensibilidad más fina. Es que, en último caso, el tiempo (por todo lo dicho) no deja de ser una experiencia personal, una medida interna, y que se corresponde con esa emoción que marcha envuelta dentro de un proceso particular a cada uno de nosotros. ¿Quién podrá decirnos la duración de un abrazo? ¿Qué medida le corresponde a un adiós y a un beso? ¿Cuánto dura el recuerdo de un amor? Mirarme hoy todavía, cumplidos mis 50, en el espejo de mi casa, es traer un recuerdo que borra todas las distancias y los años -los años que han pasado por mí, y en mí viven, y me han traído hasta la escritura de estas líneas-, y me lleva siempre a ese revelador día de mi niñez, y en algún punto, entre alguna que otra cana y el asomo de alguna arruga, ese niño coexiste conmigo, haciéndose aún sus preguntas, y sintiendo todavía esa feliz inquietud. 

Quizá la respuesta a todo esto sea más simple, y una buena brújula sea siempre recordar, ante cada una de nuestras experiencias, aquellas palabras del belga Georges Poulet:

“No es el tiempo lo que se os da, sino el instante. Con un instante dado, a nosotros nos corresponde hacer el tiempo”.


Alberto Di Francisco


(*) La presente nota/reseña fue publicada originalmente en el sitio BACAP Noticias (Mar del Plata, Argentina) - Puede acceder a ella a través del siguiente enlace: El pez de oro


martes, 9 de diciembre de 2025

Entrevista en "Punto de encuentro"

Hola lector!

 Ya cerca de finalizar el año 2025, y dado que hace tiempo no he publicado nada aquí, quise pasar a dejar en MUSEUM algún material. En esta ocasión, comentarles que tuve el agrado de ser invitado al programa "Punto de encuentro", del Canal 3 de La Pampa,  donde en el segmento cultural del mismo dialogamos un poco sobre algunas de mis producciones en literatura, como también en dibujo. 

Espero les guste la entrevista, y encuentren en ella alguna palabra, o idea, de valor. 





Saludos!

Alberto Di Francisco

   

jueves, 5 de diciembre de 2024

FRAY MOCHO. PIONERO DEL PERIODISMO ARGENTINO

 Hola! Comparto hoy en MUSEUM una nota sobre este escritor y periodista argentino  que, originalmente, escribí para la revista digital "1° de Octubre" el 07/06/24. Al finalizar la misma, les dejo el link a la página de la revista, por si desean ver la publicación original. 

Saludos!


UN PIONERO DEL PERIODISMO

Al comenzar a hablar tanto de la vida como de la obra de este singular personaje conocido bajo el seudónimo de Fray Mocho, es necesario antes situarlas en el contexto en que estas se encuentran enclavadas. Contemporáneo de dos grandes figuras de nuestra historia, como lo fueron el por entonces presidente Bartolomé Mitre y el gran educador Domingo Faustino Sarmiento, en dicha época se vivía en el país la Unificación Argentina, con la poderosa Buenos Aires integrándose al resto de las provincias. La importancia y relación de este marco histórico en la vida artística y profesional de Fray Mocho, es que sienta las bases de un fuerte sentimiento “nacional” durante esos años, sentimiento del que este hombre luego se haría eco, a través de la riqueza de su arte y de su vocación periodística.

Primeros pasos

José Sixto Álvarez Escalada se llamaba en realidad; nacido de padres criollos en Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos, allá por el año 1858, de niño cursó sus estudios en el prestigioso Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, institución donde luego también realizaría la carrera de Periodismo.

En el año 1879, contando con 21 años, este gaucho entrerriano, con la intención de dedicarse de lleno a esa vocación literaria que lo acompañaba desde niño, se traslada hacia la populosa Buenos Aires, ciudad que por entonces se encontraba en pleno auge de crecimiento y era (pretendía ser, acaso) espejo de las grandes ciudades europeas de entonces.

Por estos años (1885) Álvarez ya explora en las letras, y publica su primer libro “Esmeraldas”, una serie de cuentos con evidente inclinación hacia el género erótico o picaresco (vistos con ojos de hoy). Un libro que, por su temática, no hace prefigurar al escritor que sería luego, pero sí lo inaugura como escritor costumbrista. Seguramente, escribir relatos de tinte erótico en una sociedad conservadora que tenía a Europa por horizonte, es una provocación y una crítica en tono jocoso, de las que luego Álvarez haría su sello. Se desempeña por entonces como Comisario de Investigaciones y Pesquisas en la policía de la incipiente capital, y se inicia como reportero para el diario La Nación, actividades que en conjunto lo destacarían como cronista policial, y le servirían de base para sus siguientes libros, “Galería de ladrones de la Capital” (1887) y, sobre todo, la novela “Memorias de un vigilante” (1897); esta última, donde pondera a la institución policial.

Colabora también en esa época, escribiendo varios artículos y notas, con diarios tales como El Nacional y La Razón, entre otros. Es de destacar en toda la obra de Álvarez la evidente faz periodística que lo acompaña a través de sus creaciones, un verdadero “leit-motiv” que sale al paso del lector en todo relato y crónica, ya por la simplicidad y pragmatismo de su lenguaje al referir las historias, los hechos y los diálogos (muchas veces con tintes humorísticos), ya por la “visualidad” que despliega al narrar y dar vida a imágenes propias de la época, como también al reflejar el habla popular de algunas zonas —tanto del interior como del lunfardo rioplatense—, en clara contraposición al “romanticismo” que imperaba en la cultura de la sociedad capitalina.

La enorme relevancia de las obras de Fray Mocho, que lo sitúan en la cúspide del escritor costumbrista, es que recrea con la belleza de su estilo llano y directo, que pinta con palabras, los cuadros más certeros de la realidad que se vivía por entonces, no solo en la época, sino que hace una declaración (a veces muy pormenorizada) de las características y vicisitudes de la vida en las provincias del interior —como, por ejemplo, en realidades como la de la pobreza— que no era vista por muchos, y menos aún desde los ojos de la opulenta Buenos Aires.

José Sixto Álvarez Escalada

Seudónimo, Caras y Caretas

Sus textos, si bien obras creativas, obedecen siempre a ese perfil anteriormente mencionado, transformándose así también en verdaderas crónicas, pues en todo momento su literatura va de la mano del rasgo periodístico. Tal es así, que en 1897 funda y dirige en Buenos Aires la revista de interés socio-cultural que llevó por nombre “Caras y Caretas”, desde donde Álvarez encontró una enorme libertad creativa  y periodística; revista, además, que fue un verdadero suceso cultural y literario, aclamada por numerosas voces (del país, como en algún momento también desde España), y cuya vida y vigencia se contaría por más de 40 años.

Este semanario irrumpe notoriamente en la sociedad contando con la particularidad del equilibrio que supo ofrecer entre humor y periodismo serio, ya que tanto se animaba a la sátira de figuras de la política y del espectáculo (muchas veces a través de las caricaturas), así como también ofrecía novedades sobre la moda, notas sobre cultura, datos de interés general, y, sobre todo, pregonaba las voces de los escritores argentinos en boga en la época, escritores de la talla de José Ingenieros, Horacio Quiroga y Roberto Payró, por citar algunos de los cuales hasta el mismo Álvarez supo escribir sendos artículos.

En líneas generales, la revista era el reflejo de la cultura, la política y la sociedad de la época, vista a través del inconfundible sello del oriundo de Gualeguaychú, con esa sana costumbre de criticar a través del humor. Allí encontró quizá su estilo más claro, el más acorde a su personalidad, y en tal manera fue así, que el mundo del 1900 halló su fiel imagen en las vívidas creaciones, el humor, el arte gráfico y el rigor histórico que salía de su pluma y de su dirección.

Paralelo al ámbito de la revista, Álvarez cierra el siglo XIX habiendo entregado a la imprenta dos libros más, con “Viaje al país de los matreros”, libro de aventuras gauchescas que se van relatando en el devenir de un viaje por el interior del país; y “En el mar austral”, crónica de una experiencia por las tierras del sur, entre Chile y Argentina, donde explora la vida en esas latitudes, desde la particular perspectiva de un viaje a bordo de un barco ballenero.

Respecto a la particularidad de su seudónimo, se conoce que “Mocho” fue un apelativo del ámbito gauchesco que ya desde su Entre Ríos natal lo acompañaba —seguramente por obra de sus amigos de la juventud—; diremos aquí que “mocho” se entiende como algo falto de terminación, sin punta, o mal hecho. Las crónicas refieren que Álvarez tenía un hombro más alto que otro, característica esta que, además de lo estético, le hacía caminar con cierta particularidad; otras fuentes dicen que en realidad era un mote asignado con humor por la forma de su cabeza.

Según se sabe, en 1877 funda una sociedad liberal junto a un grupo jóvenes a la cual bautizan “La Fraternidad”, cuya principal actividad era socorrer a aquellos estudiantes imposibilitados de educarse mediante el sistema de supresión de becas; de ahí que, con el transcurrir de los años, a “Mocho” le agregaría el “Fray”, apócope de la designación medieval “Fraile” (miembro  ó hermano de la fraternidad). Si bien es cierto que su notoriedad y su paso a la posteridad fue como Fray Mocho, se le conocieron sin embargo otros seudónimos menores que supo usar de manera circunstancial en notas, artículos o ensayos, anteriores a esta época, tales como Favio Carrizo, Nemesio Machuca, Figarillo, y Gavoche, entre otros.

Tapa n° 2 de Caras y Caretas 

Un Pionero

La obra y la trascendencia de Fray Mocho no es menor; en ese estilo periodístico de sus invenciones, en el mencionado enorme suceso de su revista “Caras y Caretas”, en ese perfil de historiador y pregonero de la vida de la gente de pueblo, Fray Mocho deja las bases como para ser considerado como el primer escritor profesional del país, un verdadero pionero del periodismo argentino. En sus propias palabras: “hay que echar el alma en la mesa de redacción”, diría refiriéndose con toda certeza al espíritu que le animaba en sus relatos y su quehacer periodístico.

En 1903, a la temprana edad de 44 años, y apenas unos días antes de cumplir los 45, Fray Mocho fallece en Buenos Aires como consecuencia de una enfermedad que venía arrastrando hacía ya varios años. Fiel a su brújula interna, hasta en sus últimas palabras, tendido en el lecho, es capaz de dejarnos una imagen de su vida, su sentir y su estilo literario, al manifestar a su esposa: “Yo soy como el Ñandubay de nuestra tierra. No me entra el hacha así nomás… muero peleando”.


Alberto Di Francisco

Link a la nota original: https://1deoctubre.com.ar/notas/573-un-pionero-del-periodismo

jueves, 17 de octubre de 2024

UNO EN TODO. TODO EN UNO

Hola Lector! Paso hoy por MUSEUM para compartir una nueva nota de mi autoría, en este caso una reseña sobre el libro "La secta de los egoístas" del escritor francés Éric-Emmanuel Schmitt. La misma se publicó oportunamente en el suplemento cultural "Caldenia", del diario La Arena, de Santa Rosa (provincia de La Pampa), y llevó por título "Uno en todo. Todo en uno". Junto a las fotos de la edición impresa, dejo el link al sitio web, para que puedan leerlo más claro. 

 Link a la reseña aquí 👉  UNO EN TODO. TODO EN UNO.

 Espero les guste!
Página 1 del suplemento "Caldenia"
Página 2 del suplemento "Caldenia"

viernes, 12 de julio de 2024

TODO ESTÁ EN LOS DETALLES

 Hola Lector! 

En esta ocasión paso por MUSEUM para compartir una nota de mi autoría, una reseña, sobre un libro del escritor argentino-canadiense Alberto Manguel. La misma se publicó en el suplemento cultural Caldenia, del diario La Arena, de Santa Rosa, provincia de La Pampa, y llevó por título "Todo está en los detalles".

Junto a las fotos de la edición impresa, dejo el link al sitio web, para que puedan leerlo más claro.

Link a la reseña aquí 👉 "Todo está en los detalles"

Espero les guste!


Hoja n° 1 de la reseña

Hoja n° 2 de la reseña

Autor de la reseña: Alberto Di Francisco

El escritor Alberto Manguel

viernes, 1 de marzo de 2024

ALMAFUERTE - El poeta de los desamparados

 Hola Lectores! Luego de una prolongada ausencia por estos lares, retomo (intento retomar) el ejercicio de los Post´s literarios, siempre esperando que los contenidos sean dignos de la lectura y la reflexión.

En esta ocasión, comparto con ustedes una nota que originalmente salió hace unos días en la revista digital "1° de Octubre" con motivo del 107° aniversario de la muerte de este gran poeta argentino.

Acompaño la nota con una ilustración realizada para este blog, del amigo artista Marco Chiabo, quien realizó el hermoso arte que acompaña mis humildes líneas.
Espero lo disfruten y, sobre todo, que mis palabras sirvan de estímulo para revisar la obra magnífica de éste "poeta de las masas".
Saludos!

Alberto Di Francisco

Link a la nota aquí: 




Almafuerte (Arte: Marco Chiabo)





miércoles, 21 de octubre de 2020

Anastomos, por Rodolfo Wilcock

 ¡Hola Lector! Nos reencontramos tras algún tiempo de ausencia por estos lados, pero, como en cada regreso, está la felicidad y la expectativa. En este caso, ambas premisas vienen de la mano de un autor que sinceramente no conocía mucho más que su nombre, pero que la lectura de algunas de sus obras (El Caos, El libro de los monstruos) me ha sorprendido enorme y positivamente: Rodolfo Wilcock. Cautiva de entrada la obra de este argentino nacionalizado italiano, por la originalidad de sus ficciones; nos hace entrar de lleno en un mundo fantástico, y absurdo en muchas ocasiones, con una naturalidad propia de los grandes, y sin detenerse a dar muchas explicaciones sobre el panorama extraordinario que nos presenta en sus relatos, como si la magia viviera en los intersticios de la vida.

Contemporáneo (y amigo, luego) de Borges y de Bioy Casares, con quienes sin dudas compartiría el sabor y el amor por lo fantástico, este poeta destacó en la crítica literaria, actividad a la cual acompañó con el de la traducción. En 1957 se muda a Italia, donde permanece hasta su muerte.

Les dejo aquí una buena y hermosa prueba de lo mencionado, con "Anastomos", obra inicial en "El libro de los Monstruos", donde en el repaso de los diversos personajes, la mención es una descricpción que se vuelca hacia el mini relato. Que lo disfruten! 

ANASTOMOS

"Es muy raro, por no decir imposible, que los hombres se pongan de acuerdo en cuestiones de belleza, y sin embargo todos están de acuerdo en reconocer que Anastomos es bellísimo. Está todo hecho de espejos o, para ser precisos, todo recubierto de espejitos, más pequeños en el rostro, más anchos en la espalda y en el pecho. También los ojos son espejos, gruesos espejitos móviles y azules en los cuales nos vemos reflejados sobre un fondo turquesa como en un cielo feliz, como en aguas irresistibles. A la luz del sol, en la playa, es una aparición tan deslubrante que la gente se queda con la boca abierta y no se atreve a acercarse, dominada por una mezcla de terror y fascinación como frente a algo sagrado e intocable; solo los niños corren tras él. Cuando después entra en el mar, en medio de las olas espumosas, es tal el reverbero recíproco de destellos irisados de los espejos a las gotas y de las gotas a los espejos que es como ver a una divinidad primordial de forma humana surgir del agua y del fuego al mismo tiempo. Y quizá sea una divinidad, porque no está concedido a los hombres ser tan bellos. En sus espejos vemos reflejadas aquellas cosas que verdaderamente, sin hipocresía, amamos; no las cosas humanas, tan abrumadas por la caducidad y por el cambio, sino los árboles y las nubes, los pájaros y las flores, las cascadas y las islas, los astros y las llamas, todo lo que en nuestra mortalidad sentimos como eterno, y que no amaríamos si no lo sintiésemos, oscuramente, intocable. También Anastomos, si es por eso, es intocable; nadie osaría poner los dedos en sus espejos, estos dedos que aún cuando están más limpios siguen estando sucios. Con su piel de espejos, Anastomos es para nosotros la geometría, y por ende la música."



Saludos!

A..D.